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El premio al esfuerzo

Nunca he sido muy atlética. Me hubiese encantado tener el “gen del deporte”, como lo llamo. Mi papá de seguro lo debe tener. Jugó todos los deportes existentes y siempre ha tenido ese gusto por el deporte que a mí, parece, que nunca me fue transmitido. Sin embargo, siempre me he esforzado por hacer deporte. En el colegio, cuando tenía 12 años me gané el “Premio al deporte” y cuando la profesora me estaba dando mi medalla, le pregunté “¿por qué yo?” (sabiendo que no me destacaba por mis actitudes deportivas) y ella respondió “por tu esfuerzo”. Y era verdad, siempre trataba, aunque los resultados no eran los mejores. La verdad es que no lo disfruto, me acaloro rápidamente (mi cara se pone roja como un tomate – ¡hay testigos que pueden corroborar eso!), me duele el cuerpo y siempre me viene la tentación más grande de dejar todo e irme. Al final no lo hago, me quedo, pero no lo disfruto, aunque al final, sí me gusta la sensación que queda. Es una sensación de satisfacción por lo logrado. Me alegra saber que, a pesar del dolor, incomodidad, ganas de irme, cara roja como un tomate y agotamiento, logré terminar lo que me había propuesto y ayudé a mi cuerpo a estar más saludable.

Nuestra vida, como cristianos, se puede comparar como una carrera larga, a veces difícil, pero con el mejor premio al llegar a la meta y debemos estar preparados. En Filipenses 3:14 dice: “Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, 14 sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús”.

Nuestro cristianismo es como una maratón y nuestra meta es la vida eterna con Dios, pero por mientras que estamos en este mundo debemos seguir en la carrera, seguir luchando para avanzar, aún cuando sea difícil, estemos agotados, nuestra cara enrojezca y no queramos seguir corriendo. Debemos seguir esforzándonos. Las buenas noticias son que en esta larga carrera de nuestras vidas, no estamos solos. Cristo está con nosotros en cada paso que damos y nos promete que no nos va a abandonar. Él nos da aliento y nos ayuda a avanzar, especialmente cuando pensamos que no podemos más y queremos rendirnos. Él nos lleva en sus brazos y nos saca adelante. Como dice Hebreos 12: 1-3 “Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. 2 Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. 3 Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo”.

Cuando tenía como 9 años, fui a acompañar a mi hermana a correr una carrera por el colegio. Mi hermana siempre ha sido mucho más deportista que yo y se nota que lo disfruta mucho más (ella claramente sí sacó el “gen del deporte” de mi padre). Sin embargo, ese día no fue un buen día para ella. Yo no lo había notado, pero al parecer ella había sufrido una caída durante la carrera. Yo la estaba esperando en la meta, pero no veía que se acercaba. Me empecé a angustiar. Me dio una pena inmensa darme cuenta que mi hermana venía última. Era sólo una niña, así que no entendía que debido a la caída que, yo no había visto, ella venía corriendo última. Me acuerdo que lloré, porque sentí pena por ella. Pero ahora que miro atrás, admiro su actitud, porque ella, a pesar de haber sufrido un tropiezo se esforzó por seguir adelante y llegar a la meta, a pesar del dolor que sentía en su pie y la frustración por venir última. Y a final, eso es lo importante: seguir corriendo. No importa las dificultades, los problemas, las penas, los dolores; debemos seguir dando lo mejor de nosotros y perseverando en esta carrera, teniendo los ojos fijos en la meta, que es Jesús y acordándonos en cada paso que el Señor nos lleva de Su mano y nos levanta si nos caemos. Y tú, ¿estás preparado para dar tu mejor esfuerzo?

¿No saben que en una carrera todos los corredores compiten, pero sólo uno obtiene el premio? Corran, pues, de tal modo que lo obtengan. 25 Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre. 26 Así que yo no corro como quien no tiene meta; no lucho como quien da golpes al aire. 27 Más bien, golpeo mi cuerpo y lo domino, no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo quede descalificado. (1 Corintios 9:24)

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