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El Fútbol

El Fútbol, el deporte popular de todos. Como buena chilena, me gusta apoyar a mi equipo y ver los partidos cuando Chile juega, especialmente cuando se trata de un Mundial o de las Clasificatorias  para el Mundial. Ahora que estoy lejos, ha sido más difícil poder hacerlo y me debo conformar, ver por Facebook los resultados de cómo le ha ido a Chile en estas Clasificatorias. Echo de menos juntarme con mis amigos para apoyar a la “Roja” (así llamamos al equipo chileno, porque usan una camiseta de color rojo) o gritar “Goooool” al mismo tiempo que mis vecinos. En Latinoamérica, en general, es así cómo se vive el fútbol. Todos unidos frente al televisor cuando el equipo juega, todos apoyando una misma causa, todos pensando y poniendo el corazón en el mismo ideal. Si hay victoria, celebramos juntos. Si hay derrota, nos consolamos juntos. Todos unidos.

 

En mi país, como en muchos otros países (especialmente Irlanda del Norte), hay grupo de personas que piensan distinto y tienen creencias distintas y, muchas veces, a través de la violencia han querido sobreponer sus ideas frente a las del otro grupo. Me duele pensar como esas ideas y creencias pasan de generaciones en generaciones y causan división en un país. El Fútbol puede tener muchas carencias y defectos. Mi papá siempre alega que el fútbol ha perdido el juego limpio o “fair play” y que por eso, debiera excluirse de ser un deporte. Puede que tenga razón en algunos casos. Pero lo que me gusta de este deporte, es la capacidad que tiene de unir a las personas. No importa su condición social ni su educación. No importa su opinión política ni sus creencias religiosas. Las personas se agrupan para apoyar al equipo y nada más importa.

 

Qué distinto sería si los cristianos nos comportáramos de la misma manera. Si realmente, hiciéramos literal la Palabra, cuando dice que debemos ser un solo cuerpo. No nos detendríamos en divisiones ni diferencias, tendríamos todos el mismo objetivo, el mismo ideal: glorificar a Dios. Han sido tantos siglos de divisiones que casi ya no sabemos cómo podemos ponernos de acuerdo. Pero debemos recordar lo más importante. Lo que Cristo hizo por todos nosotros en esa cruz; cómo salvó nuestras vidas de una muerte eterna. Ese hecho de gracia y misericordia debiera unirnos a todos. Ese amor incondicional debiera hacer que nosotros proclamáramos las buenas nuevas al resto del mundo. Todos unidos con ese mismo fin. Todos trabajando juntos para la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

 

Es el momento, como cristianos, de ponernos la camiseta de Cristo y gritar todos juntos la victoria que Cristo obtuvo en esa cruz. Sólo unidos, podemos lograr llevar a cabo la misión que Jesús nos dejó: llevar el evangelio a toda la tierra y hacer discípulos. Al final de cuentas, somos todos del mismo equipo, el equipo de Cristo y es hora de demostrarlo en la cancha.

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